Umbral

De lumbral, con pérdida de la l inicial por confusión con el artículo.

  1. m. Parte inferior o escalón, por lo común de piedra y contrapuesto al dintel, en la puerta o entrada de una casa.

  2. m. Paso primero y principal o entrada de cualquier cosa.

  3. m. Valor mínimo de una magnitud a partir del cual se produce un efecto determinado.

  4. m. Constr. Pieza que se atraviesa en lo alto de un vano para sostener el muro que hay encima.


Este es un espacio de introspección. No para entender más, sino para mirar con honestidad dónde estás.

Estos textos no buscan darte respuestas, sino acompañarte a reconocer ese punto en el que lo de antes ya no alcanza, pero lo nuevo todavía no es claro.

A eso le llamamos umbral.

Puede aparecer al inicio del trabajo de pasos o después de años en recuperación. Es posible que se sienta como duda, estancamiento o incomodidad. Es un momento de transición.

Un lugar donde algo en ti sabe que ya no quiere seguir igual, aunque otra parte se aferre.

Aquí la invitación es a detenerte y preguntarte:

¿Es este un momento de cambio?
¿Dónde estoy realmente?
¿A qué me estoy aferrando?

No se trata de tener respuestas perfectas. Se trata de tener disposición para ver.

  • Antes de llegar al programa no podíamos con nuestras vidas. No podíamos vivir y disfrutar de la vida como hacen otros. Teníamos que tener algo diferente pensábamos que lo habíamos encontrado en las drogas, a través de los demás, o mediante alguna conducta.

    […]

    Hicimos daño a muchas personas, pero sobre todo nos lo hicimos a nosotros mismos. Debido a nuestra incapacidad para aceptar las responsabilidades personales, nos creábamos nuestro propios problemas. Parecíamos incapaces de afrontar la vida tal como es.

    […]

    La mayoría de nosotros nos dimos cuenta de que con nuestra enfermedad nos estábamos suicidando lentamente, pero la adicción es un enemigo de la vida tan astuto, que habíamos perdido la fuerza para poder detenernos.

    […]

    Buscábamos una salida. No podíamos enfrentarnos a la vida tal como es. Seguíamos el camino de la destrucción sin saber a dónde nos estaba llevando. Éramos adictos y no lo reconocíamos. Con nuestra conducta tratábamos de evitar la realidad, el dolor y el sufrimiento.

    […]

    Buscamos ayuda y no la encontramos. Los médicos con frecuencia no comprendían nuestro dilema y trataban de ayudarnos con medicamentos.

    […]

    Algunos buscamos la solución en iglesias, religiones o sectas. Culpábamos de nuestros problemas a nuestro entorno y a nuestras condiciones de vida. Tratar de resolver las dificultades cambiando de sitio no nos daba la oportunidad de aprovecharnos de personas nuevas. Algunos buscábamos la aprobación a través del sexo o cambiando de amigos. Este comportamiento de permanente búsqueda de aprobación nos hundió más en la adicción. Otros probamos el matrimonio, el divorcio o el abandono. Pese a todos nuestros intentos, no conseguimos escapar de nuestra enfermedad.

    Llegamos a un punto en nuestra vida en el que nos sentíamos como un caso perdido. Valíamos poco y nada para la familia, los amigos y el trabajo. Muchos no teníamos trabajo ni posibilidades de conseguirlo. Cualquier tipo de éxito nos asustaba y resultaba extraño. No sabíamos qué hacer.

    […]

    Estábamos asustados y huíamos del dolor y los problemas. Estábamos asustados y huíamos del miedo, pero fuéramos donde fuésemos lo llevábamos siempre con nosotros.

    Estábamos desesperados y nos sentíamos inútiles y perdidos. El fracaso se había convertido en nuestra forma de vida y la autoestima era algo inexistente. Quizás la desesperación era el sentimiento más doloroso de todos. El aislamiento y la negación de nuestra adicción nos hacían seguir cuesta abajo. Desapareció toda esperanza de mejorar. El desamparo, el vacío y el miedo se convirtieron en nuestra forma de vida. Éramos un fracaso completo. Lo que de verdad necesitábamos era un cambio completo de personalidad, modificar las pautas de conducta autodestructivas. Ya habíamos llenado el cupo de la autodestrucción. Comprobamos nuestra impotencia. Cuando ya nada aliviaba nuestro miedo y paranoia, tocamos fondo y estuvimos dispuestos a pedir ayuda.

    […]

    Tuvimos que enfrentarnos a tres puntos conflictivos:

    1. Somos impotentes ante la enfermedad y nuestra vida se había vuelto ingobernable;

    2. Aunque no somos responsables de nuestra enfermedad, somos responsables de nuestra recuperación;

    3. Ya no podemos seguir echando la culpa de nuestra adicción a los demás, a los lugares, ni a las cosas. Tenemos que afrontar nuestros propios problemas y nuestros sentimientos.

    Fragmento adaptado de ¿Por qué estamos aquí?, de Narcóticos Anónimos. Haz click aquí para leer más.

  • Dicen que quienes quieren descubrir nuevas tierras deben permanecer largo tiempo en el mar. A veces, cuando nos sentimos perdidos en medio del mar, quizá nos preguntemos si el programa sigue siendo importante para nosotros. Tenemos miedo de dudar porque sabemos que es algo que puede matarnos, pero el temor de cuestionar nuestra nueva forma de vida puede llevarnos a ser deshonestos con nosotros mismos. La recuperación no consiste en ser obsecuentes, sino en establecer una relación con algo más grande que nosotros y, muchas veces, esa relación puede ser un poco tempestuosa […]

    Aprendemos lo que es la verdad para nosotros, y eso fija el rumbo de nuestra vida. Nuestra brújula moral es el producto del trabajo que hacemos para comprender y aplicar los principios espirituales. Cuando nos apartamos de lo que consideramos válido, nos sentimos frustrados y atrapados. Cuando nos olvidamos de las certezas que tenemos, perdemos la orientación y deambulamos peligrosamente. Por otro lado, cuando nuestra concepción de lo que es cierto cambia, quizá nos sintamos mucho más perdidos de lo que en realidad estamos. Esa brújula funciona a la perfección y nos guía hacia una nueva dirección. Gracias a esos periodos de serias dudas e incertidumbre, logramos una nueva rendición, una fe más profunda y a menudo una percepción muy distinta de quiénes somos.

    Nos precipitamos a hacer lo mismo de siempre por temor a convertirnos en alguien al que no reconocemos o que ni siquiera nos cae bien. Algunos tenemos miedo de bucear en nuestro interior y descubrir que… no hay nada. Sin embargo, el vacío que nos asustaba en otros tiempos nos ha dado la posibilidad de crecer y cambiar. Dejamos de intentar a toda costa volver a «inventarnos» y permitimos que el proceso sencillamente suceda. Al abrirnos paso a través de todas estas capas, empezamos a tener seguridad, claridad y confianza en que, pase lo que pase, no tenemos por qué volver a perdernos.

    La aceptación de nuestra cambiante espiritualidad forma parte de nuestra evolución personal. Si nuestra relación con un Poder Superior es real y significativa, por supuesto que cambiará con el tiempo. Pero a veces lo vivimos como una crisis. Si nos rendimos, volvemos a los pasos y, al regresar al Segundo y Tercero, descubrimos una relación con la fe que tiene más sentido para nosotros.

    Si cambian nuestros valores, es muy probable que también evolucionen nuestras creencias. Desprendernos de la idea de tener que comprender por qué suceden las cosas o cómo funciona todo nos libera para vivir una experiencia espiritual sin preguntarnos si lo estamos haciendo como corresponde.

    La acción no siempre es visible. A veces, para avanzar, debemos quedarnos quietos. Tal vez nos cueste meditar porque nos resulte incómodo estar en silencio con nosotros mismos, presentes en el aquí y el ahora. Pero es en ese momento cuando pedimos ayuda, escuchamos las respuestas, nos miramos a los ojos y vemos quiénes somos, dónde y cómo estamos. Cuando logramos permanecer en calma y observarnos sin juzgar, obtenemos la claridad para ver qué es y qué no es lo ideal para nosotros.

    Aprendemos a confiar en nuestro proceso y le damos el tiempo necesario para que funcione.

    Cuando fijamos un calendario para lo «bien» que deberíamos estar, o durante cuánto tiempo estaremos tristes, asustados o sin saber la respuesta a un pregunta, estamos tendiéndonos una trampa para creer que la recuperación no está funcionando. La recuperación funciona muy bien, pero no siempre según los plazos que establecemos. No hay ningún sustituto para el tiempo.

    Fragmento de “El contacto con nuestro Poder Superior”, en El viaje continúa (cap. “Los lazos que nos unen”), Narcóticos Anónimos.

  • Desde el mismo comienzo, la comunicación en AA no ha sido una mera transmisión de ideas y actitudes útiles. Ha sido una comunicación extraordinario y a veces singular.

    Debido a la afinidad que tenemos por nuestro sufrimiento común, y debido a que los medios comunes de nuestra liberación sólo nos dan resultados cuando los compartimos constantemente con otros, nuestras vías de comunicación siempre han estado cargadas del lenguaje del corazón.

    […]

    Hoy en día, todo miembro de AA inculca en cada uno de sus ahijados exactamente lo que el Dr. Silkworth logró infundir tan contundentemente en mí. Sabemos que es necesario que el recién llegado haya tocado su fondo; si no, no podemos esperar ver grandes resultados. Debido a que somos “borrachos que le comprendemos”, podemos valernos de ese cascanueces de obsesión-más-alergia como un instrumento de suficiente potencia como para aniquilar su ego a fondo. Únicamente así el quedará convencido de que, contando con sus propios recursos, sin ninguna otra ayuda, tiene una muy escasa posibilidad, o ninguna, de sobrevivir.

    […]

    Totalmente derrotados por el alcohol, teniendo ante nuestros ojos una prueba patente de liberación, y rodeados de quienes pueden hablarnos en el lenguaje del corazón, finalmente nos hemos rendido. Y luego, paradójicamente, nos hemos encontrado en una nueva dimensión, el mundo real del espíritu y de la fe. Con suficiente buena voluntad, con suficiente amplitud de mente–y allí lo tenemos.

    Fragmento de El lenguaje del corazón: Los escritos de Bill W. para el Grapevine, de Alcohólicos Anónimos.

Previous
Previous

Introducción